Acabados los exámenes, llega el deseado tiempo de vacaciones con millones de planes, ilusiones y, sobretodo, descanso. El verano sirve para poder hacer todo aquello que durante el año no podemos, salir más con los amigos, viajar, tirarse en la piscina o incluso hacer un voluntariado. Queremos hacer tantas cosas que casi no hay días vacíos, llevamos tanto tiempo esperándolo que lo tenemos todo perfectamente planificado, sentimos la necesidad de llenar nuestro calendario como si estuviéramos obligados a ello. A veces, hasta parece que nos falten días. Pero nuestro preciado verano entraña varias tentaciones que pueden hacernos quedar con un sabor amargo.

La primera es subir el nivel de exigencia de lo que queremos vivir, siempre tiene que ser mejor que el anterior. Empujados por la presión de publicarlo y compartirlo para que los demás lo sepan, subimos el listón de lo que nos satisface. Esta falsa consolación de sentirnos bien en función de lo que enseñamos a la gente nos descentra, intentando llenarnos por cómo lo contamos y no por cómo lo vivimos.

En segundo lugar, corremos el riesgo de olvidar a los protagonistas de nuestro día a día. El deseo de dedicar tiempo a conocer gente nueva se puede ver empañado por no encontrar momentos para disfrutar con quienes compartimos el resto del año, ya sean compañeros de clase o de trabajo, familia, amigos o Dios; este último suele ser el que más se ve afectado.  Vacaciones es el tiempo perfecto para cuidar las relaciones que rodean nuestra rutina, si solo les dedicamos tiempo cuando necesitamos cosas no construimos relaciones fecundas.

La última tentación, bastante común, es no darle continuidad a las muy buenas experiencias. Si en verano vivimos algo único, es importante ser lúcidos para saber ¿cuál es el reflectir que puede tener en nuestra cotidianidad? Orientar las mociones vividas hacia un nuevo modo de proceder, transforma las buenas experiencias en “experiencias fundantes”, aquellas que son trascendentes.

En definitiva, estas vacaciones pueden ser el momento perfecto para encontrar a Dios superando estas tres tentaciones. Ojalá, dentro de este calendario ocupado, sepamos encontrar momentos fecundos con los protagonistas de nuestra vida, porque como dice el libro del Eclesiastés: “todo tiene su tiempo”.

 

                                                                                        José Antonio García-Argudo Ariño

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